Si Próspero levantara la cabeza, no reconocería esta España que tanto quería (tampoco reconocería Francia que recorrió de cabo a rabo como Inspector General de Monumentos Nacionales y de Antigüedades). En eso los franceses nos ganan por goleada porque, mientras ellos emprendían la tarea de restaurar el Patrimonio -como por ejemplo el maravilloso Castillo de Pierrefonds que visité en 1982 -, nosotros, decía, nos dedicamos a la encomiable tarea de la Desamortización. Ello conllevó una gran pérdida de nuestro Patrimonio: porque se malvendió y muchos monasterios, al quedar vacíos, se fueron cayendo a pedazos. Otros pedazos cruzaron el Atlántico como el claustro del Monasterio de Sacramenia (Segovia) que compró el magnate Hearst en 1925 y que durante años estuvo en cajas en Miami, hasta que lo han reconstruido.
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| Castillo de Pierrefonds |
Pero volvamos a Próspero Merimée. Nació el 28 de Septiembre de 1803 y sin duda, su obra más conocida es Carmen, que sirvió de inspiración para la ópera de Bizet. En sus correrías por España, Merimée conoció a Mme de Montijo, la madre de María Eugenia, futura emperatriz de Francia al casarse con Napoleón III. Esta amistad le ayudó en gran medida pues Próspero era habitual en la corte de la emperatriz, aunque le gustaba más los salones de la Princesa Matilde de Bonaparte (este personaje da para otra historia) donde no había tanta etiqueta y se podía hablar con más libertad.
Próspero amaba España incluso antes de conocerla: Don Quijote, los toros, la arquitectura morisca , la gente... No sólo viajó por España. También conoció Inglaterra pero no congeniaba bien con el carácter inglés. Además de escritor y funcionario del Estado, llegó a senador. También fue traductor: hablaba griego, árabe y ruso y tradujo las obras de Pushkin. Amigo de Sthendal, de Delacroix, su carácter mundano le crea problemas con las mujeres, llegando a batirse en duelo. Incluso con George Sand sufrió un desengaño.
Sin embargo es fiel a sus amigos, como ocurrió en el caso de Libri. Acusado éste de robo en una Bibilioteca, huye de Francia pero Merimée lo defiende, siendo acusado por desacato al juez que le condena a 15 días de prisión en la Conciergerie (donde también estuvieron Luis XVI y María Antonieta).
Sus últimos días los pasó en el sur de Francia, aquejado por una enfermedad pulmonar y decepcionado de la política. Fallece en 1870 en Cannes y está enterrado en el Cementerio de los Ingleses. Desgraciadamente, su casa de Paris arde en 1871 y no queda ni uno de sus manuscritos.
Sus últimos días los pasó en el sur de Francia, aquejado por una enfermedad pulmonar y decepcionado de la política. Fallece en 1870 en Cannes y está enterrado en el Cementerio de los Ingleses. Desgraciadamente, su casa de Paris arde en 1871 y no queda ni uno de sus manuscritos.


